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DOBLE LLAVE – Somos testigos de la convicción, documentación, formalidad, independencia, responsabilidad y valentía en la que Vladimir Gessen y María Mercedes, su esposa y colega, acostumbran fundamentar sus opiniones. Activo y reconocido fue su apoyo y ayuda profesional a las comunidades -desde los medios de comunicación venezolanos- hace varios años (1999), por los días de la «Tragedia de Vargas», peor desastre natural en la historia contemporánea de Venezuela en el hoy llamado Estado La Guaira, hasta el doble terremoto de este 24 de junio de 2026.

A continuación, compartimos íntegramente su más reciente artículo y trabajo sobre los eventos sísmicos y la repercusión que tienen en el sentir de Venezuela entera, así como en la vida de quienes somos sus ciudadanos:


Hubo un momento, durante esta semana, en que millones de ciudadanos sentimos que el suelo dejaba de ser una certeza. Durante unos segundos desapareció una de las pocas seguridades que damos por sentadas desde que nacemos… la estabilidad de la tierra bajo nuestros pies. Los terremotos producen un efecto psicológico muy particular. A diferencia de otros desastres naturales, la ciencia aun no puede preverlos. No se anuncian. No permiten prepararse emocionalmente. Irrumpen sin pedir permiso. Y precisamente por eso activan uno de los mecanismos más antiguos del cerebro humano como es el instinto de supervivencia. Quienes vivieron el doble sismo ocurrido en Venezuela probablemente experimentaron sensaciones muy similares, confusión, taquicardia, dificultad para pensar con claridad, necesidad de llamar inmediatamente a los seres queridos, miedo a que ocurrieran otras réplicas, y en los casos más dolorosos, enfrentarse a la pérdida de un ser querido, o a la destrucción del hogar. Todas esas reacciones forman parte de un funcionamiento completamente normal del sistema nervioso…

Más allá del impacto personal

Pero los terremotos también producen otro fenómeno mucho menos comentado. No solamente ponen a prueba a las personas. También ponen a prueba a los países. Y allí comienza una reflexión que trasciende la geología. Porque un terremoto nunca afecta únicamente edificios. Asimismo, examina la fortaleza de las instituciones, la preparación de los hospitales, la capacidad de respuesta de los organismos de emergencia, la resiliencia de la infraestructura, la calidad de la planificación urbana y, sobre todo, el nivel de confianza que una sociedad tiene en sí misma. En ese sentido, los sismos funcionan casi como una gigantesca radiografía nacional. Y esa imagen obliga a formular una pregunta: ¿Está hoy Venezuela mejor preparada que hace seis décadas —en 1967, cuando hubo otro sismo de envergadura— para enfrentar una emergencia de gran magnitud?… La respuesta merece una reflexión serena. En aquel entonces, ocurrió el histórico terremoto de Caracas, Venezuela poseía enormes desafíos, como cualquier país en desarrollo. No obstante, también disponía de instituciones públicas más robustas en numerosos ámbitos. El sistema hospitalario contaba con mayor capacidad instalada, la red eléctrica —en manos de la empresa privada— presentaba mayor estabilidad, la infraestructura pública era, en términos generales, más sólida y la economía fundamentada en el petróleo generaba recursos considerablemente superiores comparativamente a los actuales. Durante buena parte del siglo XX, Venezuela llegó a producir más de tres millones de barriles diarios de petróleo, una capacidad que posteriormente cayó de manera muy pronunciada durante 25 años, y que, tras la participación de empresas internacionales en este año, ha mostrado una leve recuperación parcial cercana al millón de barriles diarios. Esa evolución ha condicionado de forma importante la disponibilidad de recursos para inversión, mantenimiento y modernización de la infraestructura nacional. Paralelamente, diversos indicadores nacionales e internacionales han documentado durante años el deterioro de los servicios públicos esenciales, las dificultades del sistema sanitario, las limitaciones del suministro eléctrico y el impacto económico e institucional derivado de una prolongada crisis.

De país de asilo al éxodo de los venezolanos

Para esa época Venezuela acogía a compatriotas hispanoamericanos, y los venezolanos no se iban del país. El terremoto de 1967 no los alejo, ni a los inmigrantes que vivían en Venezuela. Ahora es diferente, porque se suma un fenómeno demográfico sin precedentes: la emigración de casi 9 millones de venezolanos, que ha dejado a numerosas familias dispersas entre distintos países. ¡Un tercio de cada familia se ha ido!… Y ese es quizá uno de los cambios menos visibles, pero más notorios. El doble terremoto aumentará la diáspora. En 1967, cuando ocurría una emergencia, la inmensa mayoría de las familias permanecía unida. Hoy, en innumerables hogares venezolanos, una parte importante de los hijos, hermanos, padres o nietos vive en el exterior. Cuando la tierra tiembla, muchas personas no solo corren hacia la puerta. Van desesperadamente hacia el teléfono. Porque el primer pensamiento ya no es únicamente protegerse. Es averiguar si quienes aman están vivos, aunque se encuentren a miles de kilómetros de distancia. La emigración ha transformado incluso la manera en que experimentamos los desastres…

Qué hacer…

A pesar de ello, sería un error reducir esta reflexión a una enumeración de problemas. Porque los terremotos también nos enseñan algo esperanzador. Después de cada gran catástrofe suele ocurrir un fenómeno extraordinario. Las diferencias ideológicas desaparecen durante unas horas. Vecinos que nunca habían hablado se ayudan. Desconocidos levantan escombros juntos. Médicos, bomberos, voluntarios, militares, policías, organizaciones religiosas y ciudadanos trabajan hombro con hombro sin preguntar por la afiliación política de quien necesita ayuda. En estos momentos recordamos algo que con demasiada frecuencia olvidamos. Antes de ser adversarios políticos somos seres humanos. Y quizá esa sea la mayor lección que deja un terremoto… Las placas tectónicas no distinguen entre gobiernos y oposiciones. No preguntan por ideologías. No reconocen fronteras políticas. Simplemente nos recuerdan que compartimos el mismo suelo. Y que Venezuela necesita rescatar precisamente esa conciencia. Porque la reconstrucción de un país no depende únicamente del cemento. Depende, sobre todo, de la confianza. La confianza para invertir, para emprender, para permanecer y para regresar. La convicción para creer que el futuro puede ser mejor que el presente. La historia demuestra que muchas naciones han logrado renacer después de guerras, terremotos, profundas crisis económicas o intensas divisiones políticas. Europa y Japón constituyen dos casos extraordinarios de esa capacidad de reconstrucción… Además de la conflagración, desastres naturales, crisis económicas o profundas divisiones políticas, ninguno de esos países lo consiguió señalando culpables. Lo hicieron construyendo acuerdos mínimos que permitieran mirar hacia adelante sin renunciar a la memoria ni a la justicia. Quizá ese sea hoy el verdadero desafío venezolano. ¿Podremos juntos recuperarnos?

Al final…

la tierra siempre termina estabilizándose. Las montañas vuelven a guardar silencio. Las ciudades se reconstruyen. Las familias comienzan nuevamente a sonreír. Y la vida continúa… Venezuela se encuentra hoy en un momento parecido al que vive una persona después de un gran terremoto emocional, y todavía siente las réplicas, todavía teme nuevos movimientos, todavía observa grietas que no desaparecen de un día para otro. Pero la psicología nos enseña que las crisis no determinan nuestro destino. Lo determina la manera en que decidimos responder a ellas. Ojalá este temblor no quede únicamente registrado en los sismógrafos. Y que también despierte nuestra capacidad para construir un gran acuerdo entre los venezolanos que fortalezca las instituciones, recupere la economía, modernice los servicios públicos, genere oportunidades para quienes permanecieron y para quienes algún día deseen regresar. Porque ninguna nación puede impedir que la tierra tiemble. Pero sí puede decidir —cuando vuelva a hacerlo— si encontrará un país más preparado, más próspero, más unido y más fuerte que el anterior.

Mi esposa María Mercedes Gessen, me sugiere esto: “No puedo evitar pensar que, cuando la naturaleza nos recuerda nuestra fragilidad, también nos ofrece una oportunidad para descubrir nuestra grandeza. Quizá este sea uno de esos momentos en los que Venezuela necesita menos discursos y más símbolos capaces de devolvernos la ilusión. Pienso que tendría un enorme valor humano que dos mujeres que hoy representan visiones distintas del país, como Delcy Rodríguez y María Corina Machado, encontraran un espacio para realizar juntas un gesto de solidaridad hacia las comunidades afectadas por este terremoto. No para debatir sus diferencias, que seguirán existiendo, ni para renunciar a sus convicciones políticas, sino para demostrar que el dolor de los venezolanos puede estar por encima de cualquier confrontación. Imagino a ambas visitando un hospital, un refugio temporal o una comunidad afectada. Escuchando a las familias, respaldando a los equipos de rescate y haciendo un llamado conjunto a fortalecer la prevención, la infraestructura y la protección civil del país. Ese gesto no resolvería, por sí solo, la compleja realidad venezolana. Pero enviaría un mensaje poderoso, como sería que en medio de las mayores diferencias es posible coincidir cuando se trata de proteger la vida. Los pueblos también necesitan símbolos que les recuerden que la reconciliación es posible. Tal vez el verdadero liderazgo no consista únicamente en defender las propias ideas, sino en saber tender la mano cuando una nación entera necesita levantarse”

Por mi parte, solo agregaría un deseo: ojalá ese gesto pudiera inspirar también al resto del liderazgo político, empresarial, académico, religioso, militar y social del país. Porque la reconstrucción de Venezuela no será la obra de un solo sector. Será la obra de una nación entera que decida volver a encontrarse. Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

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