Ciencia, arte, tecnología y leyes tienen mucho que ver con la IA; el reto es evolucionar y adecuarse, plantea Néstor Bueno, de B&T



DOBLE LLAVE – No cabe duda de que Robin Williams fue un actor brillante. Muchos personajes que él interpretó vienen a nuestra mente: El extraterrestre de Mork y Mindy el inspirador maestro en La Sociedad de los Poetas Muertos, la voz del genio en Aladino, el devoto padre en Mrs. Doubtfire, y otras. En El Hombre Bicentenario, película basada en obras de Isaac Asimov, Robin Williams interpreta a Andrew, un androide con inteligencia artificial (IA) que, en el transcurso de 200 años, termina siendo humano. La película se pasea por diferentes temas relacionados con la condición humana: los prejuicios, la esclavitud-libertad, el sexo, el amor y la muerte. La película inicia cuando Richard Martin le compra un androide para tareas domésticas a NorthAm Robotics (NAR). Luego de ser activado, el androide es nombrado Andrew. Días después, Andrew rompe por accidente una figura de cristal, y para compensarlo, aprende a tallar en madera, reponiendo la figura rota por una nueva en madera. Richard, sorprendido por las habilidades de Andrew, se dedica a mejorarlas, educando a Andrew como si de un hijo se tratase. Con el tiempo, Andrew se convierte en un aclamado fabricante de relojes, logrando amasar una gran fortuna, puesto que Richard le pidió a su abogado, que buscase una forma legal para que Andrew manejase, por si y para sí mismo, sus cuantiosas ganancias.

Detengámonos en esa última parte: buscar formas legales adecuadas para manejarse. Si usted, estimado lector, fuese un prestigioso fabricante de relojes, seguramente acudiría al registro de la PI para garantizar que el fruto de su trabajo quede en sus manos: registraría los diseños industriales de sus relojes y las marcas que le permitieran distinguirse de manera efectiva en el mercado de cronógrafos, otorgaría licencias de uso sobre sus marcas para una mejor y más amplia penetración en el mercado, etcétera. Hasta aquí, no hay nada nuevo. Lo novedoso viene con Andrew. Cabe imaginar tres escenarios distintos. 1. Usted es el accionista principal de NAR. Seguro se preguntaría si debería usted tener participación sobre las ganancias de Andrew. Pensando que Andrew fue concebido, diseñado y vendido por NAR. Sin el producto base (Andrew) sería imposible el diseño y fabricación de los relojes. 2. Usted es Richard Martin. Compró el androide, considerando que era una herramienta (dispositivo que se usa para fabricar, adaptar o reparar cosas). Sin la enseñanza que usted le proveyó a Andrew, él solo sería un empleado y no un celebrado artista. Por tanto, es correcto que usted sea el solicitante y eventual titular de los diseños industriales de los relojes de Andrew. 3. Usted. es Andrew: un androide con IA, que con su cerebro positrónico diseña y con sus manos robóticas construye relojes. Por consiguiente, usted tiene derecho a ser el titular de sus propios diseños industriales.

Aunque difícil de definir, la IA es real

Lo que se sostiene acá es que un androide con IA complicaría lo que entendemos como ciencia, arte, tecnología, propiedad intelectual, leyes, y más. La IA no es ciencia ficción. Aunque son términos que suelen presentarse juntos, no son lo mismo. La ciencia ficción, es un género literario que ha trascendido al cine y la televisión, que trata de cuentos o historias que versan sobre el impacto que producen los avances científicos, tecnológicos, sociales o culturales, presentes o futuros, sobre la sociedad o los individuos. La ciencia ficción, llena de célebres escritores como Julio Verne e Isaac Asimov, tiene un atractivo irresistible en su paradoja intrínseca. Su fundamentación es científica, por lo que resulta verosímil. Pero a la vez, describe situaciones que no son factibles (al menos para el momento en que se presenta). Pongamos un ejemplo: en 1870, el submarino Nautilus, al mando del Capitán Nemo, en Veinte mil leguas de viaje submarino era improbable. Los submarinos, tal como los entendemos hoy en día, tuvieron su desarrollo durante las dos guerras mundiales.

La IA es real, aunque difícil de definir. Pero podemos tratar de hacerlo. La inteligencia es un concepto que los humanos nos reservamos para nosotros mismos (con el perdón de los delfines), que nos caracteriza en nuestra singularidad y nos diferencia de otros seres vivos. Con el epíteto artificial nos referimos a que la inteligencia es exhibida por una entidad no biológica: programa de computación, computadora, robot, y así. La IA ya está presente y en uso en la sociedad actual: Sistemas expertos, redes neuronales, algoritmos genéticos, sistemas de aprendizaje, por ejemplo. Sus aplicaciones son variadas: Reconocimiento de imágenes (etiquetas de rostros en Facebook), aprendizaje de patrones de consumo (compras en Amazon) o sistemas de control (el tráfico en la Internet).

La IA está en pleno desarrollo y auge. Todos los días se hacen nuevos y revolucionarios anuncios: impresión 3D, computadores cuánticos, almacenamiento de información basado en la codificación del ADN, interconexión del ser humano con la IA, etc. Nuevas formas de generación de conocimiento y meta-conocimiento están surgiendo. La velocidad es abrumadora. El reto para la PI será evolucionar y adecuarse a este nuevo mundo.

Néstor Bueno, especialista en Bolet y TerreroNéstor Bueno / @buenonestor

nbueno@byt.com.ve es asesor técnico en marcas y patentes del escritorio Bolet & Terrero; está vinculado a la propiedad intelectual desde hace más de 20 años.

El escritorio jurídico Bolet & Terrero pasa de 100 años promoviendo el resguardo y protegiendo la propiedad intelectual en Venezuela.

Comentarios